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Ruzafa, el barrio perfecto

By | February 4, 2015

Ciudades competitivas

Las ciudades se parecen mucho, pero no hay dos iguales. Todas deben cubrir las mismas necesidades para sus habitantes, desde el suministro de agua hasta el ocio y la cultura, pero cada cual lo hace a su modo. Cuando visitamos una ciudad por primera vez palpamos su carácter personal. Es el reflejo de la voluntad colectiva y sus instituciones, visible en cada servicio que prestan y los recursos disponibles para financiarlo.

Como motores económicos, las ciudades pujan por atraer negocios y creatividad. Ser singulares las hace más competitivas, así que rivalizan en construir una imagen diferenciada. Funcionan como empresas que concursan contra sus vecinas y las que mejor se comporten acaban captando las inversiones disponibles. A mayor riqueza, pueden ofrecer mejores servicios y calidad de vida a sus residentes. En este juego interesado todo municipio debe tener un plan estratégico.

 

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Barrios singulares

Dentro de las ciudades, lo mismo ocurre en el reparto de su territorio. Las dotaciones que precisan son muy similares en todos los distritos, pero cada cual se las ingenia para mejorar la convivencia en su vecindario. Los barrios no son solo domicilios, comercios, colegios o centros de salud. Ante todo, son foros cívicos. Su historia marca el perfil social de sus moradores y determina quienes mostrarán preferencia hacia su espacio. Es un flujo que evoluciona en el tiempo y transforma su fisionomía. Los barrios pueden degradarse o ponerse de moda. Sus habitantes y las actividades que desarrollen en ellos marcarán el destino conjunto.

Es muy distinto un distrito financiero a un suburbio residencial. En la misma localidad, cada zona ocupa un rol, con dinámicas diferentes a cada hora del día. Hay áreas de ocio nocturno que cobran vida de madrugada y conjuntos históricos que echan el cierre cuando los turistas se retiran a dormir. A más variedad de funciones, mayor atractivo en más sectores. Los más versátiles optan a convertirse en centros ideales para vivir, trabajar y ser visitados. Unos pocos incluso cuñan una marca propia que los distingue, avalando las actividades que acogen. Un barrio con marca diferenciada es un polo magnético cuyo radio de acción sobrepasa la ciudad en la que está inscrito.

 

 

 

Barrios de moda

Para ser el Soho de una capital no basta con que se lo proponga el ayuntamiento. Este tipo de distritos prosperan por la iniciativa privada y el tesón de sus vecinos antes que por la voluntad de sus gobernantes. En su umbral de negocio tienen especial relevancia las actividades creativas y de innovación, que son las más flexibles a la hora de establecerse en un lugar determinado. Que exista previamente comunidades vecinales bien arraigadas y activas facilitará la cohesión de estas iniciativas dentro de un orden. Si se coordinan bien ambos grupos (los que ya están y los que quieren estarlo) pueden regenerar barrios enteros por sí mismos.

Las zonas céntricas que están degradadas son el campo ideal para que estos proyectos se establezcan. Este proceso no es intencionado. Previamente no hay ningún plan maestro al que acogerse y la habitabilidad mejora de un modo espontáneo. Los primeros en llegar ni siquiera son conscientes de sus posibilidades. Se afincan allí porque no encuentran mejor opción. Los pioneros son menos escrupulosos con el entorno, allanando el paso a otras iniciativas más remilgadas. Montar locutorios, por ejemplo, es previo a la apertura de restaurantes de autor.

El detonante suele seguir el mismo patrón: alquileres baratos y disponibilidad de espacios. El neoyorkino Tribeca (almacenes industriales abandonados), el madrileño Chueca o el barcelonés El Born (ciudades sin ley en los 80s), el romano Pigneto (arrabal obrero) o el berlinés Friedrichshain (barrio popular del lado Oriental durante el telón de acero) son modelos del cambio. Partimos de lugares llenos de posibilidades en los que todavía no ha comenzado la especulación inmobiliaria. Hoy en día, la candidata perfecta para una reconversión global es la ciudad de Detroit.

 

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El ejemplo de Ruzafa

En Valencia se da un caso digno de estudio. Ruzafa siempre ha sido un barrio popular con identidad propia. En 1877, al crecer la ciudad hacia el sur, este municipio independiente rodeado de huertas fue integrado en la urbe. La ampliación proyectada por los urbanistas Mora y Pichó trazaba una trama de avenidas cuadrangular, encerrando en su interior las calles tortuosas de la antigua pedanía. Ruzafa fue la hermana pobre del ensanche señorial.

Las poblaciones anexadas a ciudades mayores difícilmente pierden su carácter periférico. En ese sentido, Ruzafa es equiparable al distrito de Gràcia en Barcelona. Su desarrollo estuvo ligado a viviendas para clase media obrera y modestos comercios de barrio. Por su cercanía a la estación del Norte, era puerta de entrada a la ciudad. En los 60 y 70, Ruzafa estaba llena de salas de cines y atraía a la gente de paso. También aquí se establecían los recién llegados de los pueblos.

Durante la transición, cuando la ciudad mostraba su cara más deprimida y provinciana, Ruzafa sufrió un cambio de rumbo. El envejecimiento de la población, la falta de dotaciones y sus modelos productivos obsoletos lastraron el barrio hacia un lento deterioro. Sencillamente, era un distrito que no gustaba. No era valorado desde la sensibilidad que podamos tener ahora. En los 80, poca gente comparaba pisos de segunda mano y en el barrio no había espacio para obra nueva. Los precios de los inmuebles bajaron. Luego, al convertirse en una zona muy asequible, atrajo a inmigrantes. Primero magrebíes, luego chinos y, más tarde, latinoamericanos.

 

 

Crisol de culturas

El fenómeno de la inmigración es muy reciente y no ha dado lugar a conflictos importantes. El más grave altercado ocurrió en 2002, cuando una manifestación convocada por España 2000 intentó quebrar la convivencia vecinal. Pese a la percepción que se tiene del impacto de las comunidades extranjeras, su presencia no llegan a la quinta parte de la población total. En 2009 alcanzaron su máximo con un 18% y, tras la crisis económica, están por debajo del 15%. Para contrastar el porcentaje, añadir que hay más ancianos en el barrio que inmigrantes (los mayores de 64 años de edad suman más del 21% de los residentes).

El volumen de estos colectivos está equilibrado y no se han producido guetos. Esta convivencia pacífica ha permitido que Ruzafa se convierta en un barrio cosmopolita, sin dejar de ser autóctono. Pero compartir el mismo espacio no significa que las comunidades interactúen. La integración es un proceso que requiere medidas de estímulo y eso no solo es deber de las administraciones. En este sentido, juegan un papel muy importante las asociaciones vecinales, que en el barrio están bien organizadas y son muy eficientes en sus movilizaciones.

El trabajo integrador es desarrollado por ONGs como Jarit, (orientada a la acción social, la cooperación y el desarrollo comunitario) o Associació Xaloc (enfocada a proyectos educativos con menores). Valorar la riqueza cultural de la diversidad, fomentar la tolerancia y promover la colaboración cívica son grandes retos para todas las sociedades. Como símbolo y ejemplo de esa capacidad organizativa, el Carnaval Rusaffa Culturaviva es su muestra más visible y espectacular.

 

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Vecinos de armas tomar

Ruzafa anda corta de dotaciones y sus vecinos han aprendido a organizarse para reclamarlas. Dos grandes logros han dado sentido a sus movilizaciones: en 2008 consiguieron que el Ayuntamiento renunciara a construir un parking subterráneo en el parque Manuel Granero (la única zona verde del barrio) y el 2013 se iniciaron las obras del colegio público de la calle Puerto Rico, que llevaban años reivindicando.

Asociaciones como Plataforma per Russafa o la Asociación de Vecinos Russafa-Gran Vía, trabajan para conseguir más dotaciones y servicios públicos. El barrio arrastra una larga historia progre, de militancia republicana, obrera y comunista, que enriquece la convivencia de múltiples factores. La tolerancia no es innata, sino aprendida, y en ese sentido el ambiente que se respira en el barrio es el reflejo de lo que sus vecinos desean. La comunidad gay, por ejemplo, aquí se siente más a gusto que en ninguna otra parte de la ciudad.

Entre las asociaciones vecinales más singulares destacan los casales falleros, con una capacidad de organizativa excepcional. Dos ejemplos de primera categoría conviven en apenas 100 metros de distancia (las fallas de calle Sueca y Cuba/Literato Azorín). El poder que han alcanzado es muestra, en primer término, del éxito en la gestión interna de una fiesta popular y, en segundo, de la santa paciencia de los vecinos con los que cohabita. Las Fallas muestran en Ruzafa su escaparate más frenético y exacerbado, en el límite de lo que un barrio amable y condescendiente puede soportar.

 

 

Barrio de artistas

La suerte de Ruzafa viene emparentada con la que sufrió el barrio de El Carmen, que en los 90 le pasó el testigo de la modernidad. La incomodidad medieval del casco antiguo y la sobredimensión del ocio nocturno que albergaba fueron determinantes para que la gente bohemia se mudara de un distrito al otro. Los artistas cambiaron sus domicilios con manchas de humedad en las paredes por los pisos baratos y soleados de Ruzafa.

Siendo el sector servicios la actividad económica más potente en el barrio, las profesiones creativas y culturales han encontrado un ecosistema perfecto para establecerse. Mientras otras ocupaciones se han marchado fuera (las tiendas chinas de ropa al por mayor, por ejemplo, se trasladaron a un polígono industrial por el trastorno que la carga y descarga ocasionaba), los talleres artísticos, galerías, salas de teatro, academias, espacios de coworking o agencias de diseño y arquitectura han rellenado huecos en la trama.

Estos perfiles profesionales son urbanitas y buscan un único escenario donde vivir y trabajar. Este factor es clave en la nueva fisionomía del barrio, porque reúne ocio y negocio en el mismo marco. El impacto de estas iniciativas es positivo, crean sinergias entre ellas y propician proyectos afines a su alrededor. Sirvan como ejemplos la bienal Russafart (jornadas de puertas abiertas llenas de exposiciones artísticas y actividades paralelas), el festival Russafa Escènica (festival autogestionado, que da cabida a espectáculos en espacios insólitos del barrio, convirtiéndolo en un gran teatro) o Ruzafa Kids (con actividades destinadas a los niños).

 

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Salir de tiendas, tapas y copas

El corazón del distrito ha sido siempre su mercado, rodeado de las tradicionales tabernas, bodegas y mesones, que han evolucionado hacia restaurantes singulares. La cocina ha impulsado el barrio como foro gastronómico. Cada fin de semana abren nuevos espacios, en una oferta cada vez más variada. Como lugar de ocio, el barrio es ahora un punto de encuentro irresistible para toda la ciudad.

Se han tejido sistemas complementarios. La hostelería y el comercio han echado lazos y el barrio ha construido un reclamo sólido. Es un referente que ya recogen las guías turísticas, porque Ruzafa siempre ofrece un plan. Pasear por sus calles de fachadas coloristas, curiosear en las tiendas vintage, ojear un catálogo mientras se toma un café, dejarse llevar por la tertulia en las terrazas, quedar con amigos para cenar, salir de copas y acabar en un DJ set de música electrónica en un club de moda. Todo esto en un par de manzanas. En el fondo, la Ruzafa arrabalera, canalla y vividora nunca desapareció del todo.

La Ruzafa Gastro Weekend (el fin de semana de la tapa) o la Ruzafa Fashion Week (la pop-up de moda) son iniciativas encaminadas a consolidar la oferta del barrio. Proliferan los establecimientos multifacéticos (en los que puedes merendar, leer un libro, comprar una camisa o la silla sobre la que te has sentado, todo ello a la vez) junto a tiendas singulares especializadas en el objeto más concreto posible. Ante el atropello devastador de las franquicias, que destruyen los comercios tradicionales y vuelven homogéneas las calles de medio mundo, en el barrio surgen tiendas insólitas que apuestan por la personalidad frente a la globalización.

 

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La marca Ruzafa

Es muy curioso comprobar que, mientras la marca Valencia se deteriora, la de Ruzafa cada vez es más apreciada. A la fatalidad de la crisis se unen los excesos de una mala gestión en una ciudad endeudada hasta las cejas. Tener un objetivo realista al que dirigirse a largo plazo ha transformado positivamente ciudades como Bilbao, mientras que el no tenerlo ha dañado la imagen de una ciudad como Valencia. La apuesta megalómana por los grandes eventos en una urbe modesta, a la larga, ha acabado por delatar todas las deficiencias del sistema planteado, ridiculizando sus pretensiones al nivel de la humillación.

El descrédito se resuelve con ingenio e imaginación. Una ciudad que no retiene la creatividad y la inventiva de sus habitantes está entregando su talento a las demás. Por ese motivo es tan valioso el ejemplo de los barrios que han aprendido a unir fuerzas para crear un entorno amigable y colaborativo, donde vivir y trabajar. Son campos experimentales que demuestran el poder transformador del impulso cívico y construyen modelos sociales a estudiar e imitar.

Ruzafa debe ser entendida y cuidada. El equilibrio de los valores que hace suyos puede peligrar. Los barrios también mueren de éxito, donde los visitantes asfixian a los residentes, reconvertidos en usos inesperados, desde parques temáticos comerciales a plazas del botellón. Permanecer vigilantes a esos cambios, sin alterar el consenso y el clima de tolerancia es el principal reto para mantener sano y salvo el gran logro que sus vecinos han conquistado.

 

 

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