Verboclip

La libertad de expresión en las redes sociales

By | November 10, 2015

Todos tenemos una opinión sobre cualquier tema, incluso sobre los que no nos pronunciamos nunca. Aunque sea más cómodo marcar la casilla “no sabe/no contesta” que argumentar una postura, esto no significa que no tomemos partido.

Tal vez parezca que discutir acaloradamente sea un deporte nacional, pero la mayoría de las personas harán todo lo posible antes de llegar a un enfrentamiento. Buscamos gustar, no que nos increpen. Por eso nos ahorraremos las cuestiones más polémicas. La timidez, la vacilación o la suspicacia también participan del juego, mitigando la discordia en un mundo que tiende a la neutralidad.

 

Las redes sociales son un foro magnífico para el intercambio de opiniones; donde, paradójicamente, está mal visto pronunciarse en los asuntos más controvertidos. Además de existir mecanismos de moderación para los mensajes que violan las condiciones de uso de las redes, también nos autocensuramos nosotros mismos. La reprobación es practicada por los propios usuarios, y no solo tiene el sexo o la violencia en su punto de mira. Cualquiera ha experimentado en primera persona que se malinterprete algún comentario, o ha evitado entrar en discusiones reprimiendo el impulso de valorar un tema. Como a nadie le gusta que le den la espalda por sus opiniones, evitamos polémicas que puedan perjudicarnos. Como mucho, compartiremos un post de Cabronazi que nos haya hecho gracia, pero esquivaremos pronunciarnos personalmente. De la misma manera que nos ahorramos publicar caricaturas de Mahoma, de un modo voluntario rehusamos ejercer nuestra libertad de expresión.

 

Las redes sociales acaban por enseñarnos nuestra responsabilidad en la comunicación. Es muy diferente charlar con amigos en un bar que dar un discurso en público. Sin embargo, en estas plataformas se confunden ambos entornos: nos sentimos seguros en petit comité, rodeados de amigos que las pillan al vuelo, olvidando que nos dirigimos a una comunidad muy amplia y heterogénea. Ni hablar de resultar irónico, de responder en caliente o bajo dudosas condiciones de autocontrol. Siempre puede haber gente que se sienta agraviada por opiniones nuestras, emitidas sin el menor ánimo ofensivo. A la larga, todos hemos ido retrocediendo ante esta susceptibilidad generalizada que censura los extremos, donde los temas tabú que no admiten réplica ganan terreno.

 

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A diferencia de una discusión cara a cara, en Facebook no nos temblará la mano a la hora de bloquear a quien diga algo denigrante. Mucho más en Twitter, donde no es necesario un vínculo para intervenir. Los deslices se castigan con mano dura en el entorno digital, tomados como cuestiones imperdonables. Sabemos que los usuarios más beligerantes acaban aislados, porque nosotros mismos nos ocupamos de eso. Es toda una involución conservadora, donde opinar libremente acaba siendo un acto de rebeldía. Visto lo visto, más de uno ha hecho marcha atrás en su cuenta de Twitter para borrar mensajes antiguos que ahora puedan resultan inapropiados.

 

Todo esto empobrece el debate y la espontaneidad. Curiosamente, colectivos que han sufrido agravios de este tipo (comentarios racistas, homófobos o sexistas, por ejemplo) acaban adoptando posturas intransigentes, cerrando progresivamente su permisividad en una rigurosa tolerancia cero. Cada vez metemos más cosas en el saco de lo políticamente incorrecto. Poco a poco se extienden las suspicacias y aumentan las consideraciones de mal gusto, hasta llegar al punto en que ya no se puede hablar de nada sin temor a ofender a alguien. No solo se trata de asuntos espinosos como la religión, la política o el fútbol, sino de matices mucho más sutiles que silencian las voces discrepantes en cualquier materia.